La gran sala de la biblioteca recibía la luz suave del atardecer. Tenue, entraba traspasando las altas cortinas de doble capa y color oscuro que cubrían los elaborados ventanales, pulidos y perfilados con tanto esmero a propósito por crear en el interior de la sala un ambiente de recogimiento y tranquilidad. Aunque todas las habitaciones del primer piso de la casa eran amplias y tenían los techos altos, con unas bonitas y costosas cornisas en sus ángulos superiores, las de la biblioteca eran de un color ocre claro, siendo complicado distinguir si podían ser de madera, pero al tiempo resaltando los muebles oscuros de las librerías. Estas albergaban una gran cantidad de libros de todos tipos en sus estantes de madera noble que cubrían las cuatro paredes. Los libros, clasificados por temática dentro de las vitrinas, observaban pacientemente desde la quietud que ya no estaban al cuidado del servicio de la casa, recordando en el eco del silencio de su sabiduría que la señorita había dado orden de cerrar la habitación años atrás.
Aquí el silencio era ensordecedor. Se detuvo mirando a su alrededor y se hizo paso entre unas pocas, pero muy altas telarañas que cruzaban la habitación de costado a costado. Los muebles estaban cubiertos con grandes sábanas blancas de algodón grueso y había polvo en todas partes. Junto a uno de los grandes ventanales se podía distinguir un gran sillón colocado para la lectura y en el centro de la habitación unos grandes y seguramente caros sofás encima de una gruesa alfombra. Observó una chimenea en el centro de la pared derecha. En su interior se conservaba un pequeño montón de hollín encima de las cenizas grisáceas que yacían en su hogar y que seguramente caerían del interior del tiraje desde la última ocasión en que tuvo oportunidad de arder para el señorito. Un único cuadro en toda la sala, también cubierto, colgaba sobre de su frontal. Percibió que nadie más había estado allí hasta aquel momento, desde hacía muchos años. Por un momento le pareció sentirse importante.











